No Somos Iguales

Santiago I. Martínez Carrillo

Había pasado mucho tiempo desde la primera vez que lo vio.

Aquella tarde, él se dirigía a un café para encontrarse con unos amigos. Vicente Marín no quería ninguna emoción. Y menos como la que le produjo mirar hacia ese coche.

El automóvil no tenía nada de especial; sólo un Atlantic más estacionado en la acera en un callejón no muy frecuentado por los transeúntes. Pero dentro, el espectáculo mostrado por sus vidrios era superior a cualquier cosa que Vicente hubiera visto. Incluso, como lo averiguó más tarde, superior a su débil mente, la cual desde esa ocasión en adelante, repitió la escena día tras día. Hasta que tomó la única decisión que le era posible elegir...

- No volverá a suceder de nuevo - dijo en voz alta, recordando su "primer contacto".

Dentro de aquel Atlantic, había descubierto a una pareja.

Él la miraba con cierta tristeza; ella... lloraba, y su boca mostraba la intención de emitir un grito que jamás escapó. Algo detuvo a Vicente en aquella ocasión, sólo se quedó mirando, y así fue como descubrió que de las comisuras de los labios de la mujer comenzaron a fluir gotas de sangre; primero una o dos, después se convirtieron en hilos de bermejo color. El rostro de ella mostraba un increíble sufrimiento, y sin embargo, continuaba moviéndose hacía su acompañante.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, él la besó.

Vicente, sin poder mover un músculo, sólo observó cómo ese tipo comenzaba a beber de la sangre que ella manaba...

Con delicadeza, y hasta cierta ternura, lamió los labios, las mejillas, e incluso los lagrimales que también habían comenzado a sangrar. Ella no se movía, ¡no podía hacerlo! Sólo podía llorar... ¡sólo llorar!... y él, Vicente Marín, sólo podía mirar. Su cerebro había recibido demasiado con esa exhibición y se negó a actuar para salvar a la joven.

No supo cuanto tiempo aquel hombre bebió de la muchacha.

En un momento determinado, la mujer cerró los ojos y su cuerpo cayó desmayado sobre su pareja. Él la colocó en el asiento del piloto, terminó de limpiar su rostro y salió del automóvil. No se preocupó por huir, ya que aún perdió unos minutos acostándola en los asientos delanteros del carro. Cuando terminó, miró hacía todos lados en busca de algún testigo: Vicente.

Lo miró con sus labios aún demasiado rojos por la sangre que había bebido. En ese momento Vicente pensó que él sería el próximo. Pero aquel hombre sólo sonrió de una manera amarga, y se fue.
Vicente tardó un poco más de tiempo en recuperar su movilidad; ya sin la imagen frente a sus ojos, pudo coordinar sus movimientos y caminar fuera del callejón. Ya había caído la noche, y eso lo agravaba todo. Su mente le gritaba que en cada lugar obscuro se encontraba aquel extraño, sólo esperando a que su apetito le ordenara que Vicente sería el próximo en la cena.

Sin embargo, durante los siguientes cuatro meses, eso no ocurrió.
Aquel vampiro (como terminó llamándolo) jamás intentó buscarlo.

Incluso ahora que lo había encontrado de nuevo, Vicente sabía que la criatura no había realizado el menor esfuerzo para rastrearlo. La razón (y muchas visitas al psiquiatra) le indicaba que era sólo una casualidad el toparse con él durante la presentación del libro "Las Tinieblas en Guadalajara", a la cual, en este momento asistía.

Una joven se acercó para ofrecerle un caballito con tequila. Vicente la miró con desconcierto, sus recuerdos lo habían hecho olvidarse del mundo a su alrededor. Se obligó a volver a la realidad, y observar con un interés fingido las "obras de arte" que adornaban la sala de presentaciones. Todas las paredes habían sido pintadas de un color morado eléctrico que resaltaba de manera magnífica con los tonos obscuros que matizaban las pinturas con escenas de muerte y destrucción que lo rodeaban.

Después de disimular su concentración admirando el "paisaje", caminó unos pasos hasta colocarse tras una escultura que poseía la forma de una ameba tercermundista. Desde ahí pudo verlo mejor, sin que él se diese cuenta de ello.

Con seguridad que aquella noche intentaría cometer otro asesinato. Pero esta vez sería distinto; esta vez, él no lo permitiría. E incluso, esta noche un vampiro dejaría de rondar por las calles de Guadalajara.

La velada transcurrió, el "vampiro" convivió con varias personas; todas ellas poseían "algo" que Vicente no podía identificar, y que sin embargo le indicaba que no eran del todo humanos. Era increíble cuán ciego estuvo hasta esta noche. ¡Guadalajara está llena de monstruos!
Ese idiota psiquiatra, si estuviera aquí ahora; pero, que más da. Aunque estuviera, para él sólo serían enfermos mentales. Pero ese enfermo, de casi dos metros de estatura, le había extraído toda su sangre a una mujer... Por muy enfermo que estuviese, él había matado a alguien; y de seguro había matado a más gente en los últimos meses.

Vicente llevó la mano a su pecho en busca del crucifijo que colgaba de él.
El psiquiatra había hecho un buen trabajo al convencerle que dejara de cargar una estaca. Pero al menos le dejó el gusto de traer consigo un crucifijo. Ah, si tan sólo tuviese su estaca en ese momento. No importa conseguiría algo...

La gente comenzó a abandonar la sala de presentación; muy pronto el "vampiro" podría descubrirlo. Vicente salió a la calle y fue a colocarse en un lugar al otro extremo de la misma. Desde ahí podría ver claramente cuando la "criatura" saliese.

Su escondite era detrás de un poste de concreto. Examinó su refugio y encontró un bote de basura en el cual alguien había tirado una escoba con las fibras totalmente deformadas. La tomó por el mango y la rompió haciendo palanca contra el suelo. La punta astillada la convirtió en una magnífica estaca.
La metió en su cinturón como si fuese una espada y aguardó.

Su vigilia no fue larga. Apenas se había acomodado cuando el vampiro salió... y con una mujer. Esta era más alta que su primer víctima. Castaña y de figura estilizada. "Ese tipo tiene buen gusto... " pensó Vicente.

El vampiro dirigió a su compañera hacía un callejón cercano.

- ¿Igual que la otra vez? - dijo Vicente en voz baja - En esta ocasión todo será distinto...
Vicente dejó que el vampiro llegara hasta la esquina, luego corrió tras él.
Al acercarse a la bocacalle disminuyó su velocidad y aguzó el oído esperando escuchar algo.
Vicente conocía el lugar donde había ido a meterse el vampiro. No había otra salida más que esa embocadura. Cierto, el tipo podría transformarse y salir volando; pero Vicente lo atraparía antes de que eso sucediese.

- ¿Qué... haces?... - escuchó decir a la joven - No... por favor... - comenzó a llorar - No... déjame ir...
Vicente podía escuchar claramente el llanto de la mujer. Por un momento su cuerpo recordó el primer encuentro con el vampiro, y al igual que en aquella ocasión, éste se congeló. Pero esta vez no permitiría que sucediese de nuevo. Vicente sujetó con fuerza la estaca en su cintura y se lanzó al interior del callejón.

La joven ya había comenzado a sangrar por la boca y el vampiro se acercaba lentamente a ella cuando Vicente apareció corriendo hacia él.

El vampiro se mostró terriblemente sorprendido al verlo, a tal grado que ni siquiera intentó detener el ataque de Vicente: el palo de escoba se encajó limpiamente en su pecho.

El atacado caminó unos pasos hacia atrás para recargarse en un poste cercano. La mujer pareció recuperar sus movimientos y se dejó caer hasta el suelo, donde adquirió una posición fetal.

- Esta vez no matarás a nadie, bestia maldita... - Gritó Vicente.
- Idiota - contestó el vampiro - yo no he matado a nadie...
- ¡Yo te he visto!, Frente a la universidad, hace cuatro meses, ¿recuerdas? - Se acercó a él con la idea de encajar más profundamente la estaca.
- ¿Samantha?... No la maté, estúpido; sólo tomé un poco de sangre. ¡Nunca las mato!
- ¡No mientas! ¡Tú la mataste! - Gritó Vicente y le encajó más la estaca. El vampiro ni siquiera gimió al sentir la presión.
- Ya te recuerdo; te vi antes de irme aquella vez. - Dejó de apoyarse en el poste. Vicente retrocedió con sus ojos muy abiertos, sorprendido de que esa criatura aún siguiera viva. Incluso, aunque sólo se tratase de un psicópata, debía estar muerto ya.
- No... no puede ser que continúes vivo...

El vampiro tomó el palo de su pecho y lo sacó escurriendo sangre.
- Dime, ¿cuánto tiempo llevas estudiando a los vampiros?
- Nunca... lo he hecho... - contestó Vicente con todo su cuerpo temblando.
- Qué malo... - Movió la cabeza en señal de desaprobación.- No sólo existen los vampiros "transilvanos"... También existen los cósmicos que describe Lovecraft... los asiáticos que aparecen de la selva... y muchos otros... - Siguió caminando hasta donde estaba la chica mientras Vicente lo seguía con la mirada. - ¿Y sabes algo?... No somos iguales...

Lentamente la joven se levantó. Su rostro estaba desecho por el llanto y no cesaba de gimotear.
El vampiro se acercó a ella, y la beso; al tiempo que Vicente, sólo miraba la escena.

 

"No Somos Iguales" Copyright © 1997 Santiago I. Martínez

 


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