Gladira -La joya del corazón

Luis G. Abbadie

¡Sam! ¡Hola! Ah, gracias, sí, es grandioso haber recibido este Premio Argentum por mis últimos diseños. ¿Me veo tan mal? Supongo que estas exposiciones de joyería realmente me van desgastando la vida misma. Vamos, te acepto esa taza de café; Dios sabe que lo necesito ahora.

¿Yo? He estado jugando con algunos nuevos diseños. Nada definido todavía. ¿Viste ya mis últimas piezas? He estado investigando un poco últimamente; quiero retomar algunos estilos clásicos -Grecia, los etruscos, cosas así. Quiero ver qué puedo sacar de diseños de joyería antigua, dándoles una inclinación contemporánea.

Bueno -okey. He estado dándole vuelta a la exposición entera una y otra vez, pero es sólo que... estaba, bueno, buscando a alguien. Una muchacha. No -bueno, sí. Eso es precisamente, me descubriste. ¿Quién es ella? Sí, está en el negocio. Incluso más que tú o yo, de hecho. Sí, es diseñadora, entre otras cosas. ¿Que si es buena? Si sólo pudieras -

De acuerdo. ¿Estás listo para una historia? Ni siquiera sé por qué voy a contarte esto, debo estar totalmente loco. Pero, bueno, ¿alguna vez has estado llevando algo por dentro por tanto tiempo que sientes que tienes que soltarlo por lo menos una vez o vas a reventar? Piensa lo que tú quieras; sólo te pido una cosa: escúchame todo, hasta el final. Y entonces, puedes mandarme al caño si se te antoja.

Fue de vuelta en el '97; el año antes de que comenzara con esta tanda de suerte con mis diseños. Sí, recuerdo qué éxito fue la línea "Aliento de luna" que hice para Silvermane Internacional, así obtuve el Premio Constelación para diseñadores jóvenes en el '98. mi primer logro verdadero, no puedo creer que mis diseños se hayan vuelto tan populares, todos estos premios y galardones: el Argentum, la Diosa de Plata, la Corona de Platino... Supongo que tengo la mejor fuente de inspiración que puede haber... De todas formas, era 1997, todo ese éxito no era todavía más que parte de mis fantaseos, y apenas me recuperaba de un divorcio muy agrio. Ya sabes cómo fue. Y hombre, supongo que simplemente extrañaba a Yvonne. Todavía estaba adaptándome a vivir sin ella; y estaba a punto de obtener la mejor ayuda para hacerme cargo del problema...

Andaba recorriendo la exposición, sintiéndome frustrado; mis diseños habían sido sistemáticamente ignorados por todos, y aunque sabía que era muy bueno haber sido invitado al panel de los diseñadores de Silvermane, de todos modos yo esperaba más. Me detuve en uno de los stands, para atisbar unos anillos de oro y de plata -verdaderamente hermosos, únicos de hecho, de modo que no pude evitar admirarlos-, y entonces la vi.

Ella estaba parada justo al lado de la vitrina delantera del stand, con un gafete que la identificaba como conferencista. Era pálida, obviamente extranjera, quizá europea; su cuerpo, alto y delgado, estaba ataviado en un vestido blanco lleno de pliegues. Sobre su pecho colgaba un hermoso medallón pentagonal de bronce de aspecto antiguo. Sus ojos eran grandes, grises, melancólicos, bordeados en negro; sus labios apretados en tristes cavilaciones.

Dios mío, era hermosa.

No pude evitar mirarla fijamente; ella por fin volvió su mirada hacia mí, y yo aparté la mía, sobresaltado. Pero mis ojos brincaron de regreso hacia los suyos, y se toparon con una débil sonrisa. No una sonrisa profesional, de presentadora, sino un gesto sin mucho ánimo, pero con simpatía; uno que me impulsó a hablarle. Pronto ella se me unió en una charla que fluía rápidamente, en la cual ella preguntó acerca de mis actividades, y yo pregunté acerca de las suyas.

"Sí", me dijo ella, "algunas de estas son mis creaciones; pero no soy realmente diseñadora, no en el sentido ordinario, en todo caso. Yo veo mi trabajo como un medio para la definición de la vida. Cuando un hombre o una mujer eligen una pieza de joyería, se están revelando; su elección dicta qué cara mostrarán al resto del mundo. También define la manera en que ellos ven el mundo a su alrededor."

"Entonces es nuestro trabajo -de los diseñadores- proporcionar opciones", comenté.

Ella suspiró.

"O quizá los diseñadores y los joyeros simplemente se están definiendo a sí mismos y a sus mundos a su propia manera."

Nuestra conversación había llegado rápidamente a ser más profunda de lo que pretendía; aún así, la encontraba -así como a ella- muy intrigante. Habría dicho algo más, pero entonces un hombre se alzó por encima de nosotros, grande y de rostro angular, haciéndome una mueca de reojo mientras se dirigía a ella:

"Gladira, es hora de irnos. ¿Podemos ayudarle?", agregó, mirándome con ojos impacientes, hostiles. Sacudí mi cabeza, mascullé algo, y lo vi tirar de ella por el brazo, mientras que ella volteaba a mirarme por encima del hombro, con callada resignación.

Así que allí me dejaron, mirándolos irse, preguntándome quién era ese hombre, y sabiendo no dejaría de perseguirme que ese extraño, delicioso nombre: Gladira...

Le pregunté acerca de ese nombre, cuando la vi al otro día. Ella sólo dijo que se trataba de un nombre que podría encontrar en el acervo legendario griego; ésas eran las palabras que ella utilizó, acervo legendario. Por supuesto que lo hice, más tarde ese mismo día, después de que almorzamos juntos y ella se marchó una vez más al lado de esa infernal mole de marido que tenía. Sí, eso es lo que me dijo que él era -bueno, en realidad, ella más bien como que lo implicó. Esa es la impresión con que me dejó, a fin de cuentas; fuera como fuese, no me importaba una... bien, ¿puedes culparme? Ella estaba tan triste, tú podías ver el dolor en sus ojos cuando ella pensaba en él. Ese hombre era claramente una carga para ella, así pasa, tú lo sabes. Bien, el nombre resultó ser el de una del millón de diosas que hay en el panteón griego; me encantó descubrir cuán terriblemente apropiado era. Decidí discutir esto con ella, pero nunca lo hice, no por completo.

A la mañana siguiente -el último día de la exposición- ella no había llegado todavía cuando me presenté a buscarla. Su marido -ese hombre griego grande, barbudo, malumorado, llevaba (ahora me daba cuenta) un medallón grande, pentagonal, igual al de ella. Limberopoulos su nombre -sí, era Dimas Limberopoulos, el sujeto cuyos diseños fueron tan populares hasta hace algunos años. Ya no se ha sabido más de él, lo sé... Pero oí que iba a serle prohibido participar en la exposición del siguiente año; ese hombre nunca se llevó bien con la gente del medio, y no parecía tomarse la joyería con suficiente seriedad. ¿Recuerdas aquel escándalo del robo de diseños en el que estuvo implicado una vez? No se le probó nada, pero nadie acabó de confiar en él desde esa ocasión. Y creo que con buenas razones. De hecho, algunos comerciantes siempre se negaron a trabajar con él, pero entonces hizo todas aquellas piezas para Diseños Únicos Internacionales que tuvieron tanto éxito y fue tolerado a regañadientes por ese motivo -y, francamente, porque sus piezas eran extraordinariamente buenas.

Él estaba allí, como decía, pero no me recordaba. Sólo permanecí por allí un minuto, intercambiando algunas palabras triviales con él; se excusó y partió para asistir a alguna junta, yo me quedé platicando con la joven que estaba a cargo del stand y felizmente vi a Gladira llegar justo entonces. Ella traía un vestido verde, pero el medallón gemelo al de Limberopoulos todavía colgaba de su cuello.

Mostraba a una mujer, rodeada por letras griegas, que sostenía una manzana en una mano, y un corazón en la otra; encima de la manzana se hallaba la palabra Discordia -si mi oxidado griego universitario no me fallaba- y sobre el corazón, la palabra Amor. Cuando le pregunté al respecto, ella nada más me miró durante mucho tiempo. Había algo tan -bueno, tan doloroso en esa mirada... En vez de contestar, asió mi brazo y me condujo lejos del stand. Salimos del edificio, y mientras caminábamos calle abajo, la interrogué de nuevo, intrigado. Ella mantuvo los ojos fijos en el pavimento bajo nuestros pies; entonces, sus ojos se dispararon hacia los míos, clavándose en mí -y de repente asió mi cabeza con ambas manos y me besó, larga y profundamente.

Cuando nos separamos, había lágrimas en sus ojos.

Entonces me preguntó si había averiguado el origen de su nombre, como dije que lo haría. Sí, repuse: Gladira, hija de la diosa Eris, quien la había enviado a la tierra para traer los regalos de su madre a la humanidad. Por esto pensé que era tan adecuado para ella: siguiendo las instrucciones de Eris, la mítica Gladira enseñó a los mortales cómo trabajar las piedras y los metales no sólo para fabricar herramientas, como lo habían estado haciendo hasta entonces, sino para desarrollar el hermoso arte de la joyería; se decía que fue tan sublime la invención de de este arte por Gladira, que incluso los dioses mismos buscaron sus enseñanzas. Sin embargo, algunos no aprendieron a apreciar y gozar en forma sana de la belleza de las joyas, sino que intentaron poseer las piezas más finas y ser envidiados por el resto; dioses y hombres aprendieron entonces la ambición. El gran Zeus, al comprender esto -que la herencia de Gladira traía grandes bienes, pero también males enormes, al igual que la creación de Afrodita, el amor-, hizo que Hefesto crease una pieza más de joyería, y conminó a Gladira a llevarla siempre puesta en adelante, como recordatorio de que, admirable como puede ser, una joya puede fácilmente ser estropeada por el orgullo.

"Hay una historia", dijo ella, "que podrías oír si alguna vez visitas ciertas partes de Grecia -y, por supuesto, si hablas con las personas adecuadas, con místicos y soñadores que todavía guardan la tradición de los antiguos, los Misterios de Eleusis, con vida; los que todavía se aferran a la creencia en la magia. Ellos susurran acerca de un hombre que también creía en tales cosas, que buscó instructores en los templos aislados de las montañas, que absorbió ansiosamente el conocimiento de las escuelas secretas de lo oculto, y finalmente consiguió poseer un extraño narcótico, el loto negro, del cual se dice que inspiró algunas de las visiones descritas por el poeta árabe Abdul Alhazred. Una planta peligrosa, maligna; mas él no prestó atención alguna a las advertencias, puesto que sólo buscaba poder y ningún obstáculo lo detendría.

"Aspiró los vapores del loto negro, y tuvo, en efecto, una visión; vio a la propia Gladira, ataviada sólo con diamantes, plata, oro y niebla. Y en su cuello, un medallón: la joya que le fuera dada por el padre de los dioses como castigo por no haber sido capaz de crear las floraciones de la joyería sin las malas hierbas de la ambición y de la envidia. Y cuando la visión terminó, creó una copia del medallón; a diferencia de aquellos que son favorecidos por Gladira, él no podía urdir una joya original por sí mismo, pero tuvo éxito en forjar una copia exacta, y a través de ella, esclavizó a la diosa; encerrando su esencia eterna dentro de una forma mortal, la forzó a producir interminables piezas de joyería y obtuvo riqueza y admiración a través del mundo entero, presentando aquellos diseños ultraterrenos como si fueran suyos..."

Oh, no me mires así. Es sólo una historia, después de todo, ¿o no? Aunque bastante apropiada, ¿no crees? Quiero decir -

¿Eh? Oh, bueno, no pasó gran cosa después de eso. Era el último día de la exposición, ¿recuerdas? Supongo que hubo en cierta forma un final feliz, después de todo; ella dejó a su marido ese mismo día, abandonando la ciudad y dejándolo atrás. Él debió estar de veras deprimido, ¿y quién puede culparlo?, ya que desapareció del medio joyero desde entonces. ¿Yo? Pues tú sabes lo que hice después; empecé a trabajar en esta nueva serie de diseños, le pequé a una buena racha de suerte, me fui haciendo de una reputación gracias a estos premios que he ganado... Pero hablando de ella, es sólo que sigo esperando que ella vendrá uno de estos días; estoy seguro de que todavía está en el negocio.

Bueno, gracias por dejarme vaciarte mis penas encima, Sam. Te veré en la mesa redonda esta noche, ¿okey? Cuídate.

Allá vas, Sam, compañero; ¡por poco y te digo todo, por Dios! A veces esto me afecta bastante. Qué bueno que me contuve en el último momento... Simplemente no te podría decir que ella necesitó un poco ayuda de mi parte para "dejar a su marido", ¿o sí? Pero le dije la verdad, yo sí espero que ella venga por aquí algún día. Por otra parte, no puedo culparla por irse; especialmente no por haberse llevado también el segundo medallón. Quisiera -pero no, no querría hacerle eso a ella. Tal vez -sólo tal vez- ella regrese tarde o temprano, por su propia voluntad. O quizá no.

Ahh. Qué irónico que yo no tenga nada con qué recordarte, Gladira -ni una carta, ni una joya, ni un cabello. Estaría feliz de cambiar esta reciente oleada de creatividad por una simple foto tuya. Pero todo lo que tengo es algo que realmente perteneció a ese inútil Limberopoulos, y no a ti, aunque haya sido mejorado por tu mano esa noche, cuando te ayudé a librarte de él. Todavía lo tengo junto a mi cama, sobre un pequeño pilar de estilo Griego. Por lo menos es tu obra, y lo atesoro por ello.

Quién hubiera pensado que Limberopoulos tenía un auténtico corazón de oro?

 

"Gladira" Copyright © 2002 Luis G. Abbadie

 


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