El Olvido

Santiago I. Martínez Carrillo

"... y la resurrección...."

La calle era la misma.

Las banquetas no se habían alcanzado a humedecer con el rocío nocturno. Y aunque algunas amas de casa aún limpian la calle con agua, la cantidad de líquido utilizado no era por mucho suficiente para crear un aire fresco en el ambiente.

Eran las diez de la mañana y se me había hecho tarde para asistir al trabajo. Corría entre escobas, baldes de agua y recogedores de basura. Sólo eran cien metros hasta la parada de la esquina. No supe si rompí algún récord, pero mi corazón y pulmones así lo creían.

Llegué a la esquina y con una mano me sostuve sobre un poste.

Respiré hondo tratando de obtener la mayor cantidad de aire.

El camión no tardó en llegar.

Subí, pagué el pasaje y me senté hasta el fondo del corredor. Miré el reloj... en ese momento apareció la sensación de "olvidé algo... ¿pero qué?".

Abrí la valija y revisé que todo estuviera... Un cuaderno... mi agenda... unos discos... no faltaba nada; y sin embargo, estaba seguro que había olvidado algo...

Revisé el reloj de nuevo... la diez quince... esa hora no me traía ninguna información nueva... pero algo había en la carátula que me instaba a buscar en mi memoria.

El nerviosismo se apoderó de mí... La incomodidad por no recordar ese "algo" se hacía cada vez más fuerte... Mis manos comenzaron a sudar, y mi pierna derecha comenzó un movimiento trepidatorio.

El antebrazo mostró de nuevo mi reloj.

Fije mi visión en el y observé todos los detalles del pequeño aparato.

Marcaba las diez dieciséis al tiempo que el segundero se impulsaba ávido de las pequeñas rayas entre las horas...

"Miércoles - indicaba un letrero dentro de la carátula.- 14"

Esos detalles los había olvidado.

"Miércoles 14 de... Abril... "

"¿Tenía algo que hacer este día?... o quizás ayer..."

No lo recordaba.

Abrí la valija y saque la agenda.

Moví las hojas con rapidez en busca de una marca, mensaje o señal que me indicará algún compromiso que hubiese olvidado. Sólo encontré una cosa. Antier, el lunes 12, estaba rayoneado con el mensaje: "6:00 p.m. Visitar a ... ".

El nombre estaba tachoneado más allá de cualquier posibilidad de traducción.

Lo más lógico era que durante la cita del 12, quedé de verme con esa misma persona de nuevo otro día; pero no había ningún mensaje que indicase un compromiso posterior a esa fecha.

El lapso de calma había pasado ya, y el nerviosismo inicial había tomado posesión de mi pierna otra vez.

Quise distraerme... así que centré mi atención en los pasajeros que abordaban aburridamente el interior del autobús. No era gran cosa el gastar mi vista en ellos, pero fue lo único que se me ocurrió hacer para evitar caer en un colapso nervioso.

Una mujer vestida como gitana avanzó por el interior del pasillo.

"Gitana... magia... brujería...".- La cita del lunes tenía algo que ver con esas palabras.

Ondeando su falda, la mujer se acercó. Había notado mi nerviosismo y quizás pensó que sería buen cliente. Utilizó el asiento vacío junto a mí, y con una amplia sonrisa me preguntó:

-¿Deseas qué te lea la mano?.

- No. - Respondí secamente.

- ¿Qué acaso no hay nada que desees saber?

Sonreí y dije:

- Si me puedes decir que hice el lunes pasado por la tarde...

- Eso no es difícil.- Dijo y separando mi mano del tubo donde me sostenía, comenzó su inspección sobre mi palma.

Sus ojos examinaban mientras sus dedos recorrían algunas de mis líneas.

Fue entonces cuando la presión de su agarre se hizo más fuerte sobre mi muñeca. Sus párpados se abrieron de manera increíble; arrojó mi mano como si fuera una braza de carbón y se dirigió a toda prisa hacía la puerta del autobús.

Levanté mi palma y la miré en busca de aquello que tanto había atemorizado a la mujer; por supuesto no encontré nada, pero la gitana sí, y era ello lo que me incomodaba aún más.

En mi vida, la palabra magia sólo era posible ligarla con una persona... ¡eso era!; la tarde del doce había ido a visitar a mi amigo Abdaled. Pero, ¿a qué había ido ese lunes?.

El camión llegó a otra esquina. Algunas bocinas de autos sonaron en la parte trasera y un par de mentadas de madre llegaron hasta los oídos sordos del conductor. Una mano sujetando una bolsa de plástico subió hasta el tercer escalón. La siguió otra que sujetaba una caja amarrada con un mecate.

Ambas extremidades se veían arrugadas, viejas, y algo pálidas, o mejor dicho: cadavéricas.

Mi vista se desvió al no encontrar nada interesante en el que abordaba; pero un grito de mujer y el abultamiento repentino de la gente en la parte trasera me obligó a volver mi rostro hacia el inicio del corredor.

Los bultos se habían colocado en suelo.

El pasajero era una anciana...

Los cabellos blancos y quebrados caían hasta unos hombros abatidos. Portaba un sweter de color naranja que le llegaba hasta la mitad de sus muslos y que cubría un vestido de una sola pieza con un estampado floreado.

Poco después de haberla visto, recordé lo que había hecho la tarde del Lunes 12 de Abril.

La mano que anteriormente había subido la bolsa, ahora se extendía rígidamente hacía el conductor con unas monedas entre los dedos.

El nombre de la mujer era Lidia; doña Lidia para aquellos que la conocíamos. Durante toda mi infancia, ella vendió dulces a fuera del templo al cual mi familia solía asistir. Cada día, al rededor de la diez de la mañana, tomaba un camión; y en compañía de unos bultos, se dirigía al mercado para vender los dulces que el día anterior no había podido mercar.

La presencia de doña Lidia bien no podía tener significado, sin embargo, el que hoy hubiera subido al camión presagiaba muchas cosas... al igual que Abdaled, ella me anunciaba con su presencia lo que mi mente se había obligado a olvidar... lo que Abdaled había descubierto...

Ya que... hace dos días habíamos enterrado a doña Lidia...

"...y espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro... Amén"

Derechos Reservados© 2003 Santiago I Martínez

 


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