Tepito, el santo barrio de la Muerte

Por Luis G. Abbadie

 

En Alfarería 12 del barrio de Tepito se encuentra un pequeño santuario; modesto en realidad ya que ni siquiera lo alberga un templo, sin embargo es famoso en toda la República Mexicana. Es uno de los cada vez más numerosos altares que alberga este barrio dedicados a la otra patrona de México, la Santísima Muerte.

Ataviada con mantos de colores diversos, la Niña Blanca recibe innumerables ofrendas no sólo en Tepito, sino en toda la nación; pero en Tepito su veneración ha cobrado fuerza de manera asombrosa. Con ella sucede lo que, según cuenta Charles G. Leland, ocurrió en Italia con la Diosa Diana: se ha vuelto la patrona de los oprimidos, de los marginados, acoge y consuela a los que la sociedad aplasta. Y Tepito es un barrio que se encuentra bajo el continuo asalto de las peores consecuencias de la crisis económica y social.

Su culto ha corrido de voz en voz, es una devoción de los hogares, de las calles, del pueblo, que no tiene cabida en las catedrales. Y no es que falten intentos; la Iglesia Católica Tradicional, independiente de la Iglesia Católica Romana, asumió por entero a la Santa Muerte en su culto y doctrinas, lo que le costó una suspensión del registro legal como religión, pero no por adorar a una figura sospechosa como quisieran pensar los fanáticos, sino sencillamente porque se había hecho una modificación en los dogmas declarados en el registro, por lo que una retramitación con información actualizada se hizo necesaria. También tenemos a autonombrados líderes del culto e incluso por ahí un “sacerdote oficial” de la Santa Muerte. Pero esto rebasa a los líderes, a las organizaciones, porque la Niña Blanca no tiene una sino varias formas de culto. Los católicos decepcionados de las jerarquías arquidiocesanas la ven como una entidad más en el panteón cristiano, algunos incluso como una contrapartida de la Virgen. Algunos santeros la identifican con su deidad de los muertos y los cementerios (pasando por alto las diferencias que los santeros más ortodoxos subrayan escandalizados; porque la ortodoxia no es exclusiva del catolicismo).

Por otro lado tenemos su proliferación mercantil. Al no pertenecer a los cánones eclesiásticos, sus novenas y oraciones no las encontramos en los quioscos frente a las iglesias, sino en las hierberías, en los puestos de curanderos y brujas de los mercados, en las tiendas esotéricas. Y con ellas, toda una parafernalia: efigies e imágenes de todo tipo, desde las solemnes y majestuosas sentadas sobre un trono o sobre el mundo mismo hasta las que acogen en sus brazos a un cadáver en conmovedora versión de mausoleo de la Mater Dolorosa, las que blanden la guadaña y las que ponen en balanza el destino de los humanos. Así como velas, veladoras, cirios; talismanes, dijes, relicarios e incluso, ya dentro del ámbito de la hechicería, conjuros, inciensos, aceites y devocionarios que bordean los límites entre el misal y el grimorio. Y es aquí donde llegamos a otro de los motivos de inquietud y espanto para los profanos.

Como muestra del poder de la palabra escrita, debemos a la pluma de Homero Aridjis la novela La Santa Muerte, cuya publicación llevó a todos los medios informativos a reportar acerca de este culto, repitiendo a pies juntillas lo que la novela afirma como si de un libro de investigación verídica se tratara: que la Santa Muerte es la santa de los narcos, de los secuestradores, del crimen organizado. Si alguien es visto con un relicario de la Niña Blanca, no faltará quien se horrorice pues le creerá un traficante. El que los narcotraficantes siempre han sido famosos por su religiosidad y en particular por su devoción a la Virgen de Guadalupe no obsta para que la novela de Aridjis sea creída a pies juntillas. Y no es tan extraño; más absurda es El caballo de Troya de J.J. Benítez y aun así hay tanta gente que se la cree. Los devotos de la Santísima Muerte se encuentran en todos los estratos sociales, y los hay de todas las profesiones; sin duda habrá algunos narcotraficantes, pero también hay abogados y eso no hace de éste un culto de abogados.

En Tepito la criminalidad alcanza escalas abrumadoras, esto no es ningún secreto; pero así como esto es consecuencia de muchos factores de crisis, es la misma crisis social la que provoca insatisfacción con lo establecido, y en particular con los poderes establecidos que dictan normas, como la Iglesia. En tales circunstancias, es evidente que la proliferación sin precedentes del culto a la Santa Muerte en Tepito no es causa, sino consecuencia de esas crisis, así como la elevada criminalidad se debe al entorno marginado y limitante que sufre este barrio, y es otra consecuencia de la crisis, completamente aparte del culto; y a fin de cuentas es un barrio, los mismos habitantes sufren las mismas crisis y es inevitable que entre los que han buscado consuelo en una espiritualidad más local, más inmediata, y los que se han visto orillados al crimen, varios nombres se repitan en ambas listas. No dejan de ser católicos la mayoría de los delincuentes en este país, por la sencilla razón de que la abrumadora mayoría de sus habitantes han crecido dentro de esta religión, y una no determina la otra.

Es una devoción alternativa, y en Tepito, donde las alternativas son tan pocas, para muchos es salvación y consuelo.

 

 



 

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