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Las puertas del cielo
Cuando mi papá entró en la fase final de su enfermedad, tuvimos
que adaptar la recamara con oxígeno. A sus 62 años el único indicio
de vida era su débil voz y el movimiento de sus ojos, tenía
insuficiencia respiratoria, y sus pulmones estaban gravemente
dañados. El doctor nos advirtió que la muerte de mi padre era
inevitable, y que esta podría ocurrir en cualquier momento.
Mis hermanos y yo nos turnábamos para estar con él, pues
dependía de nosotros para las necesidades más básicas. En una
ocasión en la que estaba a su lado, empecé a notar que su
temperatura disminuía rápidamente; de inmediato le empecé a hablar
al tiempo que frotaba sus manos tratando de devolverle el calor
corporal, le decía que no se diera por vencido, que aún tenía mucho
que dar. Poco a poco abrió los ojos y su temperatura volvió a
normalizarse.
- Como eres de ingrata -me dijo de repente.
- ¿Por qué me dice eso papá? -contesté sorprendida.
- Tu tía ya me estaba abriendo las puertas para que entrara y tú me
trajiste de vuelta.
De momento no supe que decir, ni siquiera lograba entender el
porque de sus palabras.
Mi padre era el único sobreviviente de sus dos hermanos ya
fallecidos. La primera de ellas y la mayor, era mi tía Adela,
posteriormente y ya cuando mi padre estaba enfermo falleció mi tío
Luis. Aunque mi tío Luis y mi padre habían vivido en distintos
estados, ellos se frecuentaban continuamente y se sentían muy unidos.
Cuando mi tío Luis falleció me tocó a mi darle la terrible noticia.
Mi padre ya estaba enfermo y con todo su dolor aceptó que no podía
viajar en esas condiciones para estar presente en el entierro de su
hermano. En aquella ocasión como hija mayor fui en representación de
él al entierro de mi tío.
Dos años mas tarde mi padre estaba agonizando y aseguraba que
había visto a mi tía Adela abrirle las puertas. Al día siguiente la
situación se repitió, sentía claramente como su cuerpo perdía el
calor habitual y nuevamente le hablaba para que volviera en sí
mientras frotaba sus manos. Volvió a abrir los ojos pero esta vez fui
yo la que ya no soportó más. Sabiendo que mis hermanos estaban ahí
decidí marcharme con unas intensas ganas de llorar. Me fui a mi casa
caminando y lloré amargamente.
Después de liberarme de aquella impotencia regresé a la casa de
mi padre. Mi hermana salió a mi encuentro y me dijo que mi papá ya
estaba delirando. Entre nuevamente a verlo y lo encontré consciente.
- ¿Qué pasa? - le pregunté.
- Eres una ingrata - me dijo nuevamente.
-¿Pero porque me dice eso?
- Mis hermanos ya me estaban abriendo las puertas para que yo
entrara… y tú me volviste a traer de nuevo.
- Traté de decirle que se tranquilizara, pero él continuó.
- Son unas puertas grandes… los dos están ahí, tu tío Luis
trae un pantalón gris y una camisa verde…
Aquello me sorprendió y hasta hoy en día no logro explicarlo.
Aquella era la ropa con la que habían enterrado a mi tío Luis, y yo
fui la única de la familia que estuvo presente en su entierro. Mi
padre y yo nunca hablamos sobre la ropa con la que lo habían
enterrado.
Karonte
"El que transporta las Almas...".
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