Pesadillas de celuloide

Dicen que el que no enseña no vende, pero en el cine de terror, el que enseña no asusta

Por Luis G. Abbadie

El miedo gusta.

El género terrorífico prácticamente nació con el cine, pero hay ciertos periodos en los que la producción de estas cintas se vuelve más abundante; ahora mismo estamos viviendo uno de ellos. ¿Qué asusta a la gente? La respuesta cambia mucho si la aplicamos a distintas épocas, pero el miedo es el mismo. En los 20's, Bela Lugosi provocaba desmayos con su interpretación de Drácula.

En los 1930's, los ruinosos castillos y elementos góticos de las novelas del XIX fueron retomados, porque era fácil representarlos en imágenes. Pero el terror acabó por actualizarse con ambientes urbanos y contemporáneos; en esencia, invadió el entorno del espectador. Esto ya es habitual en los 70's y 80's: Carrie, El exorcista, Tiburón, Alien... y por supuesto, Halloween de John Carpenter. Y Viernes 13. Pero estas últimas generaron una serie de secuelas e imitaciones que casi bastaron para asesinar al género. De pronto, los cines se abarrotaron con olvidables psicópatas cazando adolescentes, de preferencia en forma violenta, gráfica y de mal gusto, regando más litros de sangre que los que pudieran contener sus flacos cuerpos. Este nuevo subgénero se convirtió para muchos en sinónimo de "terror", echando por tierra la reputación ya precaria del género

Pesadilla en Elm Street, de Wes Craven, insufló una muy necesaria frescura en el género entonces estancado; por desgracia, sus continuaciones e imitaciones, una vez más, trajeron otro elemento nocivo para el cine de terror: el humor. Al volverse icono popular, el siniestro Freddy Krueger (Robert Englund) se convirtió en un humorista, y otros filmes reforzaron esto: los productores exigían que el "monstruo" dijera chistes, que hubiese escenas cómicas, y obligaban a los directores a estropear sus cintas. ¿Qué puede ser peor que los problemas maritales de La novia de Chucky?

El clavo final en el ataúd del género parecía ser la revolución de los efectos especiales. Si antes el espectador estaba al filo de su asiento por la atmósfera de tensión, ahora sólo podía ver el despliegue de efectos visuales, y decir "¡órale!" En Alien, el Octavo Pasajero: aunque la presencia de la criatura se respiraba cada minuto, ésta apenas se vislumbraba, dejando mucho a nuestra imaginación. Las secuelas, donde los aliens lucen al máximo, tienen acción, pero ya no existe el terror.

El problema llegó al extremo hace muy poco, en La maldición (The Haunting). Refrito de una cinta clásica de medio siglo antes, a su vez inspirada en una novela de Shirley Jackson -The Haunting of Hill House-, La maldición es un irónico epitafio para un período en el que el terror estaba escaseando debido a un público cansado de estereotipos. Irónico porque el filme y novela originales se distinguían porque su principal fuerza estaba en la atmósfera, y apenas sí llegábamos a ver una manifestación de las presencias que habitaban la Casa de la Colina. ¡En cambio, La maldición despilfarra más efectos especiales que cualquier otra cinta del género! El terror queda extinguido y todo se convierte en un cuento de hadas. La capacidad del género para sostener el miedo había tocado fondo.
Pero resurgió. Es, acaso, justicia poética que el actual boom del terror lo haya iniciado, semanas más tarde, El proyecto de la bruja de Blair. Esta producción sin efectos, sin soundtrack y sin guión tiene todo lo que La maldición jamás pudo tener: credibilidad. Y necesitamos poder creer, dentro de nuestra imaginación, lo que está pasando en una película para poder experimentar la otra cosa que La maldición nunca tuvo: terror.

Pronto llegó una serie de cintas que retomaban el concepto básico y que los directores parecían haber olvidado: sugerir en vez de mostrar. Así sucede en la dramática Revelaciones (What lies beneath), protagonizada por Harrison Ford en una rarísima caracterización que rompe con su habitual nobleza. "Los otros" muestra a Nicole Kidman atrapada en una casona tan gótica como el mejor castillo draculesco de la época del blanco y negro, poblada por cosas que no vemos, pero percibimos... Incluso los más viejos clichés funcionan si son bien utilizados. Una vez más, luego de tanto tiempo, los protagonistas no son los efectos, sino los personajes. Si El espinazo del diablo de nuestro Guillermo del Toro no hubiese lucido tanto al niño espectral, si El que susurra hubiera sido una presencia escuchada, una sombra entrevista, y no un espectáculo de efectos, El espinazo habría sido terrorífica, y lo digo sin menospreciarla; asumo que un apasionado del terror como Del Toro era consciente de que cada vez que mirábamos al fantasma el filme perdía espanto, y que quiso darnos más suspenso que terror; idéntica sobreexposición del "monstruo" en Creature of the Black Lagoon fue un lapso de incompetencia del director que mancilló aquel clásico, y Del Toro debió aprender de ello. La bruja de Blair 2: El Libro de las Sombras también retoma convenciones en una sutil crítica que es a la vez un estudio de la manera en que nos dejamos convencer por los medios audiovisuales, sin que ambas cosas mermen su intensidad terrorífica.

Con Scream, Wes Craven quiso dar punto final a las cintas de psicópatas y adolescentes, con un delicioso humor negro que bordea la parodia; lástima que, al igual que Cervantes cuando quiso ridiculizar las novelas de caballería, Scream y números subsecuentes hayan sido tomadas por ejemplos de lo mismo que satirizaban, por quienes no entendieron la broma. Para colmo, desencadenó una serie de imitaciones, renovando lo que había querido eliminar, como Sé lo que hiciste el verano pasado. Un caso más extraño es Destino final; en ella encontramos una combinación que se antojaba imposible: para empezar, trata de adolescentes que mueren uno a uno; encima, hay despliegue de efectos especiales; y para rematar, hay mucho humor negro... ¡y a pesar de ello hay cierta sutileza y atmósfera, y resulta efectiva!, porque no hay un antagonista. No hay un monstruo o psicópata cazándolos: es la muerte misma, y nunca es personificada. Entre muchos homenajes, en la cinta aparece una Valerie Lewton, así nombrada por Val Lewton, el director hollywoodense que mejor entendió que si muestras menos, o nada, aterrarás más.

Para fortuna nuestra, algunos directores actuales empiezan a comprender esto.

 

 


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